18 de junio de 2025 – Dirección de Postgrado y Postítulos Facimed
Día del Orgullo Autista:
una mirada que celebra la diferencia
El 18 de junio no es una fecha cualquiera para la comunidad autista. Ese día, personas de todo el mundo se unen para celebrar el Día del Orgullo Autista, una jornada que nació de la mano del grupo Aspies For Freedom y que hoy se alza como una poderosa afirmación de identidad: las personas autistas no necesitan ser corregidas ni “curadas”, sino comprendidas, respetadas y valoradas tal como son.
Este día no busca visibilizar una “enfermedad” ni promover la compasión. Muy por el contrario, su propósito es celebrar la neurodiversidad —la idea de que no existe una única forma de pensar, sentir o habitar el mundo—, y reivindicar el derecho de todas las personas a vivir sin ser juzgadas por cómo se comunican, se relacionan o procesan la realidad.
Un espectro de infinitas posibilidades
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que se manifiesta, entre otras cosas, en desafíos persistentes para la comunicación social y en patrones de comportamiento repetitivos o restringidos. Pero esa definición clínica apenas roza la superficie de lo que realmente implica vivir como una persona autista.
Conversamos con la Dra. Francisca Rosso, psiquiatra infantil y coordinadora de la especialidad de Psiquiatría Infantil y del Adolescente, quien explicó que, más allá de los manuales diagnósticos, el autismo se expresa de manera única en cada persona. De ahí que hablemos de un espectro: amplio, variable, profundamente individual.
“Una niña autista puede pasar años sin diagnóstico porque sus intereses se consideran socialmente aceptables o porque imita conductas para encajar, lo que termina generando un gran desgaste emocional”, explica la doctora. Ese fenómeno, conocido como masking o camuflaje, es una de las razones por las que muchas niñas, adolescentes y mujeres adultas llegan al diagnóstico más tarde o nunca.
La importancia de mirar con atención

Detectar el autismo de forma temprana puede marcar una gran diferencia. Para eso, es clave observar ciertos hitos del desarrollo social y comunicativo durante los primeros años de vida, ya que el TEA puede diagnosticarse con mayor certeza entre los 18 y 24 meses, pero muchos casos se detectan más tarde.
La Dra. Rosso indica algunas señales de alerta: “Los padres deben estar atentos a la ausencia de hitos sociales y comunicativos en el desarrollo temprano”.
Entre estos se encuentran:
- Poca o nula sonrisa social (6 meses).
- Ausencia de intercambio de sonidos o expresiones (9 meses).
- No balbuceo o gestos comunicativos, ni respuesta al nombre (12 meses).
- Ausencia de palabras sueltas (16 meses) o frases de dos palabras (2 años). A cualquier edad, son alarmantes la pérdida de habilidades adquiridas, evitación del contacto visual, preferencia por jugar solos, dificultad para entender/expresar emociones, intereses inusuales, apego excesivo a rutinas, movimientos repetitivos o reacciones atípicas a estímulos sensoriales.
Pero también advierte que “el diagnóstico no se basa en una sola señal ni en una prueba aislada. Es un proceso clínico complejo, que involucra a equipos multidisciplinarios y diversas herramientas de evaluación.”
Y no solo aplica en la infancia: cada vez más adultos descubren que son autistas después de años de sentirse “fuera de lugar”, sin saber por qué.
Y aunque a veces podemos escuchar que se hable de un ‘sobrediagnóstico’, la dra. Rosso nos aclara que “actualmente existe una mayor conciencia y mejor detección de las diversas presentaciones del espectro, que antes pasaban desapercibidas o eran confundidas con otras condiciones.”
El rol clave del psiquiatra infantil
Frente a un diagnóstico de TEA, el trabajo del psiquiatra infantil no se limita a ponerle un nombre a la condición. Su labor es acompañar a la persona y su familia.
La dra. Rosso recalca que “el psiquiatra infanto-juvenil es fundamental en el equipo multidisciplinario, encargándose del diagnóstico, la coordinación del plan de tratamiento, el manejo de comorbilidades psiquiátricas (TDAH, ansiedad, depresión), la prescripción farmacológica (cuando sea necesario), la psicoeducación familiar, la colaboración con la escuela, el seguimiento a largo plazo y el inicio de la transición a la vida adulta.”
En algunos casos, puede recomendar el uso de medicamentos para tratar síntomas específicos —como irritabilidad, alteraciones del sueño o ansiedad—, “cuando son severos e interfieren con el funcionamiento, y las terapias no farmacológicas no son suficientes. Siempre se usan como parte de un plan integral, individualizado y bajo monitoreo, comprendiendo que no son una cura, sino una herramienta para mejorar la calidad de vida”, aclara la especialista.
Diagnóstico no es destino
El diagnóstico de TEA se clasifica en distintos niveles según el grado de apoyo que la persona necesita, desde quienes requieren asistencia constante para sus actividades diarias hasta quienes pueden desenvolverse con cierta autonomía, siempre que cuenten con adaptaciones adecuadas. No se trata de medir capacidades, sino de reconocer necesidades.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5 por su sigla en inglés) clasifica el TEA en tres niveles según el apoyo necesario:
- Nivel 3 (Apoyo muy sustancial): Déficits graves en comunicación social, interacción muy limitada, inflexibilidad extrema. Requieren apoyo constante para casi todas las actividades diarias.
- Nivel 2 (Apoyo sustancial): Déficits marcados en comunicación, interacciones limitadas, inflexibilidad evidente. Necesitan apoyo considerable para el día a día y adaptaciones significativas.
- Nivel 1 (Necesita apoyo): Dificultades notables en comunicación social sin apoyo, inflexibilidad que interfiere en una o más áreas. Pueden funcionar en entornos típicos, pero requieren adaptaciones para demandas sociales y emocionales.

Y cuanto más temprano se detecta el autismo, mayores son las posibilidades de ofrecer intervenciones eficaces —como terapias del lenguaje, de integración sensorial o de habilidades sociales— que fortalezcan la autonomía, reduzcan el estrés familiar y prevengan la aparición de otras dificultades emocionales.
“El diagnóstico temprano es crucial por la plasticidad cerebral en los primeros años, lo que maximiza la efectividad de las intervenciones intensivas y estructuradas (terapias conductuales, fonoaudiología, etc.). Esto mejora el pronóstico en comunicación, habilidades sociales y autonomía, reduce el estrés familiar, previene comorbilidades secundarias y facilita el acceso a servicios educativos.”, indica la Dra. Rosso.
Derribando mitos: verdades que abren puertas
En una sociedad que todavía desconoce —y a veces teme— lo que es diferente, el Día del Orgullo Autista también nos invita a romper con ideas erróneas profundamente arraigadas. Aquí algunas verdades que ayudan a construir una mirada más justa y empática:
✅ Las personas autistas sí quieren relacionarse con los demás.
✅ Pueden expresar lo que sienten, aunque a veces lo hagan de otra forma.
✅ Tienen la misma necesidad de afecto y vínculo que cualquier persona.
✅ No viven en otro mundo, viven en el nuestro: la inclusión depende de nosotros.
✅ No todas las personas autistas tienen habilidades excepcionales.
✅ El autismo no es causado por falta de cariño.
Escuchar, aprender y respetar son acciones que pueden transformar realidades. Porque celebrar el orgullo autista no es solo un acto simbólico: es también una forma de exigir que cada persona —sea como sea— tenga un lugar digno, visible y valorado en el mundo.
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